Un vino estuvo en la EEI durante un año y regresó a la Tierra: los catadores cuentan cómo sabe

Una prueba realizada a ciegas por doce expertos reveló que el vino no empeoró, sino que envejeció más rápidamente, desprendiendo "más aromas florales".

Investigadores de Burdeos (Francia) han analizado una docena de botellas de un preciado vino y fragmentos de vides de las variedades merlot y cabernet sauvignon que fueron traídos de regreso a la Tierra en enero después de pasar un año en la Estación Espacial Internacional, informa AP.

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Según anunciaron este miércoles, la ingravidez no alteró en general al vino y al parecer energizó las vides. Dado que la presencia del alcohol y del vidrio normalmente están prohibidos en la EEI, cada botella se empacó dentro de un cilindro de acero especial durante el viaje.

El objetivo del experimento era comprobar si el proceso de maduración y envejecimiento de vino es diferente al que se produce en la superficie terrestre, así como estudiar cómo reaccionan las plantas a diferentes condiciones de estrés a fin de hacerlas más resistentes al cambio climático.

En una degustación a ciegas, doce catadores probaron uno de los vinos que viajó a la EEI y lo compararon con otra botella de la misma cosecha que permaneció en una bodega en la Tierra.

Cada uno de los catadores tuvo una apreciación diferente. Algunos notaron «reflejos de naranja quemada», mientras que a otros les evocó aromas de fogata o de pétalos de rosa.

Según Jane Anson, una de las expertas, el vino que quedó en la Tierra sabía «un poco más joven que el que había estado en el espacio».

«El que había quedado en la Tierra, para mí, era todavía un poco más cerrado, un poco más tánico, un poco más joven. Y en el que había estado en el espacio, los taninos se habían suavizado y salieron más aromas florales», expresó Anson, quien calificó ambos vinos de «hermosos».

El análisis químico y biológico del proceso de envejecimiento del vino podría ayudar a los expertos a encontrar una manera de envejecer artificialmente buenas añadas, según Michael Lebert, biólogo de la Universidad Friedrich-Alexander (Alemania), que participó como consultor en el proyecto.

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