EL APÓSTOL DE HONDURAS

Y SU PASO POR GUATEMALA Capítulo XVII

-Publicidad-

Subirana se encontraba al salir de Cuba en la plenitud de su vida con [entre] 49 o
50 años de edad. Según don Lázaro Castro, que lo conoció bien y le sirvió, Subirana
era “alto, blanco, de ojos azules y delgado”.

Ya hemos oído al señor Claret 1 , decirnos que poseía, lo mismo que su compañero el
padre Coca, una voz armoniosísima con la que “atraían a todos por solo oírlos a la
Misión y luego quedaban cogidos”.
Sacerdote científicamente bien formado, con sus tres años de Filosofía, Ciencias
Naturales y cuatro (4) de Teología y demás materias eclesiásticas, se había
especialmente en la Moral con dos años más de estudios dedicados a ella. Las
actuaciones sociales posteriores nos lo mostrarán dotado de conocimientos exactos
geodésicos y al presentarse, apenas entraron en Honduras, el señor Obispo DE
Comayagua, este le juzgara especialmente apto para los ministerios en la Costa Norte
porque el “poseía ingles”. Estos conocimientos pudo adquirirlos por su afición
particular en el Seminario de Vich o quizás más probablemente en compañía del
señor Claret, aficionado a la agricultura y a las ciencias de las lenguas y gran
apreciador del tiempo según lo dan a entender su distribución y las materias que
tenía aplicadas en el horario que se había impuesto para sí y sus familiares. Del inglés
que “poseía” según el Sr. Obispo, añade el mismo señor Subirana “lo había estudiado
bastante” en la Costa Norte. Quizás quiso decir que lo había ejercitado
suficientemente, porque, para aprenderlo, fue muy poco lo que allí se detuvo, una
vez desembarcando en Trujillo.
Claret, daba a Subirana el calificativo de “muy sabio”, pero anteponiéndole el otro de
“muy virtuoso”.
Subirana, había crecido en el ambiente de grave ascetismo [austeridad] de los
eclesiásticos vicenses y animado por fervores apostólicos en tantas personas ilustres
de aquella ciudad y en tiempos de revueltas políticas y de grandes contrariedades
para la iglesia.
Claret, sirvió a Subirana, de buena estrella. A su lado, primero en España y luego en
Cuba, lo mismo que de compañero del otro gigante, el padre Adoain, adquirió o
afianzó las grandes virtudes y las técnicas apostólicas de un celo ardiente y
completamente desinteresado y sacrificado por las almas.
Nuestro misionero sabia de trabajos por tierra y mar, de enfermedades y milagros de
la vida, y lo que más duele al corazón del apóstol, de resistencias abiertas y
solapadas a su vocación de predicador y restaurador del reino de Dios en la tierra.
Apolítico, aunque no fuera más que por obediencia a las estrictas ordenes de Claret,

1 Antonio Maria Claret y Clará

conoció por experiencia a los enredos de la política y sus funestas consecuencias
para el verdadero bienestar espiritual y aun temporal de los pueblos, cuando se salen
de la esfera de su competencia.
Si examinamos los datos que hemos podido tener de su vida hasta la fecha,
descubrimos dos trazos más que nos parece características para delinear la
semblanza de Subirana: “su modestia y humildad y su fidelidad a su devoción de
misionero y, de tal, como sacerdote secular”.
A pesar de las alabanzas con que Claret y su biógrafo y del padre Adoain, añaden el
nombre de Subirana, nunca le vemos aparecer en primer plano. Serán Adoain, Lovo,
Barjau, Currius y sobre todo don Dionicio González de Mendoza, de los que la historia
podría sentirse honrada en disponer donde comparecen sus figuras 2 . Subirana está
ausente y a nuestro juicio, no es porque se trata de biografías de otros personajes
que hay que esclarecer en primer término, sino por el carácter personal de Subirana,
según aparece del contraste con las personas con quienes convivio. De ellos Lovo,
Ciurrius, Vilaró, Adoain, su mismo compañero Coca, con quien le unían “grandes y
buenas simpatías” que dice Claret, y el mismo Claret, escribieron diarios y notas
biográficas, que son las que, en parte, han servido para trazar sus vidas.
De Subirana, no poseemos nada de este tiempo; de los demás se citan cartas de sus
amigos y familiares de Subirana, en esta época no parece ninguna, como si en su
modestia tuviera bastante con lo que sus compañeros pudieran decir en las suyas.
De varios de ellos hay retratos o dibujos individuales, de Subirana no se conserva
ninguno, a no ser en el grupo, tomado el 9 de enero de 1853, del que hablaremos más
tarde.
Otro rasgo significativo de Subirana, nos parece la fidelidad a su vocación de
misionero, y de misionero como sacerdote secular o no adscrito a ninguna
congregación religiosa.
Hemos oído de San Antonio María Claret, escribir de él “su excesivo celo lo animaba
siempre a seguir las misiones”. En ese tiempo, nos parece descubrir un eco de su
firme resolución de ser misionero de por vida y, por tanto, de no entrar por caminos
que pudieran comprometer la libertad de entregarse a esta su especifica devoción.
Nunca quiso fijarse en una parroquia a su cargo, ni tampoco ingresar en alguna
congregación religiosa, a pesar de las muchas y muy cercanas ocasiones que tuvo
que hacerlo. Pudo haberse afiliado a los hijos del Corazón de María en Vich o en
Santiago de Cuba, viviendo como vivió con ellos y con su Venerable Fundador tantos
años; sirvió de compañero al capuchino padre Adoain, deseoso de establecer su
orden en Cuba o de reintegrarse a ella en Guatemala; de sus trece (13) primitivos
compañeros de Cuba vio a cinco (5) ingresar en la Compañía de Jesús 3 y entre ellos a
sus más íntimo compañero, el padre Coca, y sin embargo, el que pudiera ser el más
indicado para seguir su ejemplo, como nacido en la segunda patria de San Ignacio de
Loyola, de Manresa, y tener asimilado el espíritu ignaciano por la asidua lectura del

2 Hernández, 1898, 2.

3 La Compañía de Jesús regresa a Cuba en 1853.

famoso “Tratado de Perfección y Virtudes Cristianas”, del padre Alonso Rodríguez,
esto no obstante, se queda solo y manteniendo su libertad se ofrece a seguir
misionando en países nuevos para él y en circunstancias que cualquier otro menos
valientes hubiera rehuido.

Plaza de Guatemala

Todo nos indica que Subirana era de un carácter tranquilo y dedicado, fiel a sí mismo
en lo que creyera ser voluntad de Dios, amante tanto de la modestia como de la
eficacia y transcendencia de su acción.
Aureolado con el extenso y cumplido elogio de sus virtudes y labores apostólicas
trazado por San Antonio María Claret, que también conoció, y provisto por el de
completas licencias ministeriales, sale ahorra a nuevos campos que pudiera ser los
de todo el mundo “Suplicamos –termina Claret sus letras comendaticias- a los
Excelentísimos Reverendísimas Cardenales de la Santa Iglesia Romana (de los que
ninguno existía todavía en América), Excelentísimos e Ilustrísimos señores
Arzobispos y sus provincias y Vicarios Generales, en las cosas espirituales y
temporales, y a las demás personas de cualquier dignidad que sea, le reciban con
caridad, permitiéndole que ejerza en sus distritos las funciones de su Ministerio, pues
Nos (añade como último elogio y con cierta nostalgia de su marcha), nos ofrecemos
desde luego a iguales y mayores cosas siempre que sus letras veamos”.
Por el momento nos es posible determinar la labor de Subirana, entre los
guatemaltecos, durante los meses de julio a octubre de aquel año de 1856. Solo
sabemos que visito a los padres Jesuitas de la capital, como no podía menos de ser
habiendo entrado en su noviciado el padre Coca, su inseparable compañero de
fatigas apostólicas, y aun podemos creer que convivio con ellos, pues a “su
respetable autoridad”, se remitiera ante el Sr. Obispo de Comayagua para “solidos”
informes sobre su persona “si fuese necesario”.
Un erudito escritor explica la brevedad de la estancia de Subirana, en Guatemala por
tal razón de que la V. Curia de aquella ciudad, en la que era Arzobispo su Ilustrísima.
Francisco de Paula García Peláez, no juzgo oportuno más facilitarle las facultades
necesarias para que siguiera misionando de pueblo en pueblo, como seguramente
era su deseo y decisión irrevocable.

Walter Enrique Ulloa Bueso / Compilador

Es a Honduras a donde le va a dirigir la Providencia y en donde pasará a ser figura de
primer plano, como Apóstol de los indígenas y el Misionero por antonomasia,
aureolado con la fama de la Ciencia, Santidad y aun poderes taumatúrgicos…
Tomado del Libro: “El Santo Misionero”, MANUEL DE JESÚS SUBIRANA, padre.
Santiago Garrido, S.J., Año. 1964, pág. 60 y 65.

Comentarios
X